Rutas de Portugal
Las playa de Portugal es para unos la Riviera Portuguesa, para otros es la Costa del Sol y los lugareños la conocen como La Marginal. Estamos en una costa de magníficas playas que se extienden desde Santo Amaro, a tan sólo quince kilómetros de Lisboa, hasta Guincho. Los palacetes románticos, las palmeras, las terrazas solariegas y el Casino de Estoril acompañan nuestros paseos al borde del mar que baña este litoral, impregnado de unas fabulosas temperaturas durante todo el año.
Narra la historia que Cascais y Oeiras eran las primeras poblaciones que avistaban los navíos portugueses que entraban en el Tajo en la época de los Descubrimientos, con especias de la India y oro de Brasil. Además, las aguas curativas de la zona fueron destino de burgueses y hacendados desde el siglo XIX y Estoril, después de la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en lugar de residencia de monarcas destronados. Por todo ello, hoy en día, la zona no ha perdido su glamour y su aire cosmopolita. Pero está al alcance de todos.
Sin embargo, antes de llegar a Estoril hay que pasar por Oeiras. Hay gente que coge el tren en la lisboeta estación de Cais do Sodre, pero lo mejor para los “amantes” de la conducción es seguir la llamada “Carretera Marginal”, que va serpenteando junto al agua. Después de pasar por Paço de Arcos y encontrar la playa de Santo Amaro, llegamos a Oeiras, que puede parecer la hermana pobre de la costa pero que está cargada de atractivos. El palacio del Marqués de Pombal, el museo del Automóvil Antiguo y la Antigua Fábrica de Pólvora Negra merecen una visita.
Saliendo de Oeiras, a escasos dos kilómetros, llegamos a Carcavelos, un pequeño pueblo que te invita a entrar en cualquiera de sus tascas para probar su generoso vino y un buen plato de centollos, lubinas, cachelos o sargos emparrillados. De vuelta a Oeiras y a la Marginal, antes de llegar a Parede nos damos un chapuzón en la playa de Carcavelos. Aquí encontramos la fortaleza de San Julián de la Barra, que marca el final del estuario del Tajo y que cruzaba su fuego con el fuerte del Bugio, enclavado en un islote al frente.
Siguiendo la línea de costa y dejando atrás otros fuertes militares, Estoril, a sólo 22 kilómetros de Lisboa, nos abre un amplio abanico de playas. Son pequeñas ensenadas, de aguas cálidas y aguas terapéuticas, que están rodeadas de elegantes “villas” y palacetes. Entre todos los arenales, destaca especialmente el de Tamariz, que está situado frente a la alameda del famoso Casino de la ciudad.
Inaugurado hace treinta años, el Casino de Estoril es el más grande de Europa. Alrededor de él se encuentran una infinidad de “villas”, envueltas por enormes jardines, sinónimos del lujo y del “arte de vivir” que rodea a Estoril. El Casal do Morgado es de visita obligatoria para apreciar cómo se fabrica artesanalmente azulejería portuguesa con técnicas antiguas.
Los atractivos se repiten, las paradas son obligadas. El parque Palmela separa Estoril de Cascais, una ciudad que sigue siendo una meca del turismo y del surf, aunque no por ello ha perdido su encanto pescador. En las tabernas del puerto, aún se puede ver a los pescadores bebiendo un vaso de “bagaceiro”. Las playas de la Concepción, la Rainha y la Ribeira son las más famosas, aunque Cascais tampoco sería la misma sin su Marina, el faro de Santa Marta, la Torre de San Sebastián del antiguo palacio de los Condes de Castro Guimaraes y las murallas de la Ciudadela.
Al doblar el faro de Santa Marta, llegamos a la Boca del Infierno, un cráter rocoso excavado en los acantilados en el que entra rugiendo el agua del mar. Dejada atrás la Boca, el faro de Guía ilumina los acantilados de la zona y custodia la Quinta da Marinha, una zona residencial de lujo. Comer al medio día unos percebes y disfrutar de un vino blanco frío tiene algo de rito… Siguiendo por la EN-247, el Cabo Raso nos lleva hasta la playa de Guincho, un escenario perfecto para las competiciones de windsurf. Desde aquí disfrutamos unas sensacionales vistas del Cabo de Roca y de la Sierra de Sintra, viendo cómo se mezclan la niebla y el silencio de la montaña con la luz y la animación del mar.
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